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Salud Mental y Discapacidad Intelectual

A día de hoy, afortunadamente, está mucho más extendida la idea (aunque aún no lo suficiente) de que la salud mental y la discapacidad intelectual son dos conceptos radicalmente distintos, y esta diferenciación que hoy puede resultar incluso obvia, ha supuesto un cambio importantísimo en la calidad de vida de las personas con discapacidad intelectual. Es cierto que se ha ido profundizando en la investigación y difusión hasta dejar instaurada una afirmación central; no pueden explicarse los problemas de salud mental o las alteraciones de conducta de una persona con discapacidad intelectual por el hecho mismo padecerla. Dicho de otra forma, existen personas con discapacidad intelectual que gozan de una buena salud mental.

No obstante, las personas con discapacidad intelectual tienen una mayor vulnerabilidad en este aspecto, y los datos así lo demuestran (las cifran a veces bailan, pero se podría afirmar que casi un 40% de las PDI en España padece algún trastorno de la salud mental, frente a un 9% de la población en general). Estos números evidencian una necesidad con mayusculas, la de diagnosticar adecuadamente e intervenir de forma específica sobre los problemas de salud mental de este colectivo.

En este sentido, en los últimos años se ha experimentado un avance que no puede ser menospreciado; en el diagnóstico de estas patologías duales, investigación, intervención, formación de los profesionales, creación de servicios específicos, divulgación y sensibilización, etc. Pero de la misma forma, este avance a todas luces insuficiente debe servir de base para desarrollar aún más este campo, todavía con muchas y profundas lagunas que afectan de forma muy importante a las personas y a sus familias, llegando a vivir auténticos dramas que en muchos casos se eternizan (o peor aún, acaban de forma trágica) en la búsqueda de una solución, o al menos de un apoyo profesional medianamente eficaz.

Así, en nuestra Fundación en concreto podemos dar fe de ese avance, y celebramos iniciativas como la de la Comunidad de Madrid cuando se creó el SESM-DI (Servicio Especial de Salud Mental para discapacidad intelectual), que se traducía en un equipo itinerante que ofrecía apoyo integral a los usuarios y sus familias en los Centros (actualmente su itinerancia se ha visto significativamente reducida, y las intervenciones son más espaciadas), o la creación de recursos (tanto de Atención de Día como residenciales) para esas personas con patologías duales, que ciertamente son muy beneficiosos pero se convierten casi en lujo debido a su escasez, que ni por asomo puede cubrir la necesidad existente a la luz de los datos. El resultado son interminables listas de espera para acceder a esos recursos, con el deterioro consecuente de la calidad de vida de esos pacientes y sus familias.

Además, siguen existiendo vacíos que no son comprensibles, que hemos vivido de muy cerca, y de los que nadie parece responsabilizarse, o al menos no ofrecen respuesta, vacíos que por ejemplo se traducen en que una PDI que padezca un determinado trastorno para el que no exista un recurso especializado en DI, no pueda acceder a un recurso normalizado para el tratamiento de ese trastorno, precisamente bajo el argumento de que tiene una discapacidad. Es decir, si no existe un recurso para mí, y yo no puedo acceder al de todo el mundo, ¿dónde voy?

También hemos vivido situaciones (no precisamente puntuales) en los que los propios profesionales de la salud mental, han modificado tratamientos sin ver al paciente, comunicando explícitamente a la familia que no hacía falta que acudiera, o incluso habiendo acudido, que se esperara fuera de la consulta. ¿Es esa forma de comprobar la evolución de una persona?

Otra asignatura pendiente, a nuestro modo de ver, es la falta de información de la que disponen las propias familias. Es triste ver cómo las familias mantienen situaciones de auténtica indefensión, y han de escuchar (y asumir con resignación) que eso es normal, que con estos chicos ya se sabe. Es sangrante ver cómo aún hay diagnósticos en los que no se reseña la existencia de un síndrome determinado, evidente incluso a la vista cuando se tiene delante a la persona, o la omisión de un trastorno de conducta, de la personalidad o enfermedades mentales graves. En estos casos, en los que se ha progresado, todavía se dan situaciones que, de no ser dramáticas, parecerían cómicas.

Como vemos, el concepto de salud mental abarca muchas aspectos, y su cuidado incide de manera directa y sensible en la vida de las personas. Cuando ese cuidado es el adecuado se percibe de forma muy positiva en las PDI, en sus familias, y en los centros de atención a los que acuden. Es un hecho que de un tiempo a esta parte se tiene mucho más presente, pero es tanto lo que queda por hacer, tan importante y tan urgente, que no podemos permitirnos el lujo de dejar de hacerlo.

Sin salud mental no hay salud.

… Por César Jiménez.