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Cambio de papeles. De cuidado a cuidador

Alfonso, Ángel y Carmen trabajan en un centro asistencial para personas con necesidades intensas de apoyo. Ellos tres se han preparado como cuidadores y acuden cada día a su puesto con gran responsabilidad y orgullosos de su trabajo, felices. Los tres tienen discapacidad intelectual y grandes capacidades y habilidades en el trato con otras personas, en su cuidado y en las tareas de cada día, como cualquier otro trabajador.

Hace ya unos años, cuando la Fundación Carlos Martín organizaba las jornadas de respiro familiar y coincidían en las salidas las personas con discapacidad intelectual del centro ocupacional con los usuarios del centro de día, personas con necesidades intensas de apoyo, observaron que se producía un efecto muy especial, y es que “la gente del Centro Ocupacional es increíble porque en cuanto ve una persona que tiene más necesidades que ellos, se vuelcan y preguntan ¿le puedo dar yo de comer?”, relata César Jiménez, Director Técnico de la Fundación Carlos Martín.

Este sencillo encuentro es uno de los gérmenes de la idea que luego se desarrolló, la de formar a personas con discapacidad intelectual como cuidadores de personas con necesidades intensas de apoyo. Y así lo explica César Jiménez: “El germen de este trabajo es fruto de varias cosas y una de ellas son los respiros de verano, gracias a la idea de fundir la relación entre el centro de día (un centro asistencial, de personas con necesidades intensas de apoyo) y el centro ocupacional (muy orientado al empleo); cuando se han relacionado entre ellos hemos visto que siempre hay una tendencia de las personas del centro ocupacional, de los que tienen más autonomía, a acercarse a la gente que tiene menos, a prestarles ayuda, y se relacionan y comunican muy bien con ellos. En un momento dado nos dimos cuenta de que hay personas que realmente podían hacer esa labor incluso con ciertos códigos que a lo mejor no manejamos los demás y ellos sí eran capaces; entonces se prepararon varias experiencias hace años”.

El primero en recibir esa formación fue Alfonso, que tiene 38 años y lleva más de 10 trabajando como cuidador en el centro de día. “Me gustó, vieron que valía y me cogieron”, afirma con seguridad el propio Alfonso. Tiene discapacidad intelectual, pero su actitud y sus habilidades personales llamaron la atención de los responsables de la fundación, que decidieron incluirle en el primer curso de formadores destinado a personas con discapacidad intelectual.

El curso no requiere una preparación muy especial ya que, según comenta Elena López Arias, Técnico de Formación y desarrollo de personas, de la Fundación Carlos Martín, “la preparación depende más de la actitud de la persona, y para eso no importa si tienes discapacidad o no, es un puesto en el que es muy importante la relación personal, el trato amable, el respeto hacia la otra persona, además de las tareas específicas, pero si falta la parte humana, por mucha preparación teórica…”.

Y para esas tareas específicas, para enseñarles el trabajo que deben desarrollar estas personas, se ofrece una parte teórica donde los contenidos se adaptan, con explicaciones mediante imágenes, vídeos, ejemplos prácticos, etc, “pero es fundamental la actitud”, insiste Elena López.

Cuando se decide que esa persona está preparada, se incorpora al puesto de trabajo bajo supervisión. Las funciones básicas de los cuidadores se desarrollan en el centro de día y en el servicio de ruta. Así lo cuenta la Técnico de Formación: “Los primeros días va con la persona que haya estado dando la formación con él para orientar directamente en el puesto, presentar a las familias y dar las pautas de actuación dependiendo de la situación. Posteriormente, el Encargado que va en el trasporte adaptado y los profesionales del Centro donde realicen sus funciones son los que “controlan” el día a día y si hay alguna incidencia, la comunican al responsable del servicio, que soy yo, y vemos que está pasando y como solucionarlo”.

Profesionales y felices.

Los cuidadores realizan su labor en un centro de día al que acuden unas 40 personas con necesidades intensas de apoyo, que presentan una discapacidad intelectual y en muchos casos otras discapacidades, limitaciones y trastornos asociados. Sus necesidades son muy diferentes y a veces no es fácil adaptarse a ellas, hay que saber tratarlas y comunicarse de alguna manera. Así pues, a lo largo del día prestan apoyos en las diferentes salas de intervención, apoyos para la alimentación, para la movilización, el aseo, la higiene, el ocio, etc. y también en el servicio de ruta, tratando con usuarios y familiares.

Alfonso, con más de 10 años de experiencia, tiene un nivel de independencia en el desarrollo de su puesto de trabajo casi total, asegura César Jiménez: “incluso con personas que han venido a desarrollar el puesto de cuidador, Alfonso es la persona que mejor explica toda la operativa, porque tiene toda la rutina muy definida y clara en su cabeza. Lo único que ocurre es que si se introduce algún cambio hay que explicarle todo mejor o detenerse más en ese apoyo”.

Algo que confirma también Ana María Guillén, Coordinadora del Centro de Día y psicomotricista: “Alfonso lleva muchos años y solo necesita supervisión si se le cambian horarios y funciones apoyándole durante unos días, pero en las funciones habituales no es necesario el apoyo. Su trabajo consiste en hacer cambios de higiene, apoyo en lavado de dientes y de manos, apoyo en comedores y desayuno y es auxiliar de ruta. Trabaja una jornada completa, como cualquier otro y le gusta su trabajo. Los usuarios tienen mucha confianza con él, muy buena relación y Alfonso es feliz con su trabajo”.

Asegura que le gusta todo lo que hace, pero afirma que lo más importante de su trabajo es “cambiar a los chicos”, así se expresa Alfonso, con seriedad y responsabilidad sobre su labor: “Empiezo a trabajar a las 8 en la ruta, recogiendo a los chicos, y cuando llego al centro a veces ayudo en el desayuno o me meto en otra sala a echar una mano”. Ya no hay nada difícil para él, pero si tiene que elegir, “lo que más me gusta es hacer las rutas, vigilar a los chicos”. Y entiende que su trabajo está bien hecho, porque así lo dicen sus chicos, “cuando me pongo malo y fallo, me echan de menos”, asegura.

Ángel tiene 22 años y lleva cuatro trabajando como cuidador. Es un gran conversador y cuenta su labor con auténtico orgullo: “Soy auxiliar de ruta y apoyo las necesidades de los chicos gravemente afectados y luego estoy en el centro de día y ayudo a hacer cambios de higiene, a dar de desayunar a los chicos y hacer cualquier otra cosa de cuidados con ellos. Es un trabajo muy duro pero estoy acostumbrado y me he encariñado con los chicos y los chicos conmigo también, pero es duro porque tienes que tener cuidado”.

Al principio tuvo sus dudas, y así lo cuenta: “cuando entré como cuidador pensé, ¿qué es esto?, ¿dónde me he metido?, ¡dios mío! Pero luego ya vi otra estructura y lo conocí y pensé, esto es para mí, ¡me gusta! ¿A quién no le gustaría ayudar a todo tipo de personas necesitadas? A mí me gusta ayudar a todas las personas, con discapacidad, a personas mayores, a niños, me gusta mucho. Desde muy pequeño lo pensé: me gustaría ayudar a la gente”.

Cuestión de piel.

Mientras, los responsables del centro comentan el trabajo de estos cuidadores y aseguran que surgen problemas, desde luego, “como surgen con cualquier otro trabajador”, asegura Ana María Guillén. Y lo confirma César Jiménez: “No ha habido grandes ni graves problemas que hayan hecho replantearse esto. Hay gente que ha funcionado mejor y otros peor, pero todo dentro de la normalidad”.

Ana María Guillén explica que todo va sobre ruedas, la rutina diaria se sucede como en cualquier otro trabajo y como con cualquier trabajador: “La realidad de estos años ha demostrado que las funciones que realizan estos cuidadores las hacen sacando el trabajo adelante y su propio equipo no tiene queja ninguna. Al igual que algunos profesionales que no tienen discapacidad tienen sus carencias y las suplen otros profesionales, con ellos ocurre lo mismo, si ellos tuvieran alguna limitación, el equipo la absorbe, hay que ser conscientes de que necesitan apoyos”.

Todos los usuarios del centro de día tienen necesidades intensas de apoyo y aunque algunos no tienen un nivel de comunicación alto, se hacen entender de alguna manera. Los tres cuidadores con discapacidad intelectual que trabajan ahora con estos usuarios son personas con mucha paciencia y se comportan de una manera especial, se adaptan a ellos y se relacionan fácilmente, “es una cuestión de piel”, aseguran los responsables de la fundación, y afirman: “Hay gente con discapacidad intelectual que puede tocar teclas que a lo mejor otros no son capaces”.

Algo así ocurre con Carmen. Tiene 28 años y trabaja como auxiliar de ruta y en limpieza. Ella tiene una relación especial con una usuaria también muy especial, pero han conectado. “A Carmen le costaba más el trabajo como cuidadora, sin embargo también depende de los usuarios, y curiosamente ella se lleva genial con la usuaria más complicada”, explica Ana María Guillén.

Estos tres cuidadores con discapacidad intelectual, en definitiva, realizan un trabajo con total profesionalidad, con responsabilidad, y aseguran que son felices. Y según los responsables del centro, no hay más trabajadores como ellos porque no son necesarios, todos los puestos están cubiertos. Si algún día logran poner en marcha una residencia, uno de esos proyectos de futuro de la Fundación Carlos Martín, una de las cosas que se haría sería profundizar en este proceso de formación de cuidadores con discapacidad intelectual.

El objetivo principal es continuar con la labor de inclusión de la discapacidad, incluyendo en la misma, por supuesto, la integración laboral, demostrando que se puede. Como lo demuestra cada día otro de los trabajadores del centro, y así lo cuenta César Jiménez: “En una de las salas del centro, donde están las personas con más problemas de comunicación y conducta, el Técnico de Integración Social, que es el que dinamiza toda la sala, es una persona sorda, sin embargo se comunica con ellos de una manera increíble, utiliza una vía de comunicación distinta, porque en esa sala casi ninguno tiene tampoco lenguaje verbal, pero a nivel de cuerpo y sobre todo de tacto, de piel y contacto, ha funcionado muy bien”.

… Por Blanca Abella para Cermi.es Semanal.